La Yema del Gusto

Jueves 31 de Julio de 2014

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Historias con Sabor: Chaucato Mejía y su pisco macho pero querendón

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Escribe: Luciano Revoredo R.

Saliendo de Ica con inquietud pisquera uno aspira ese tenue hálito dulzón de las parras al viento. Descubre dramáticos pecanos. Se deja llevar por el encantamiento de aquellas dunas que alguna vez recorrió prodigando milagros el Venerable Padre Guatemala. Fray Ramón Rojas para la burocracia vaticana, que de siglos atrás viene estudiando su expediente de santo pisquero. Porque la sospecha cede a la certidumbre. Algún copón de pisco apuró el padrecito entre milagro y milagro. Sin duda.

El camino es recóndito. Ruta de duendes y sanpedros, que atisban pretéritos y cómplices. Reservada para los entendidos, para aquellos que han pasado el umbral de los iniciados llegando a las profundidades del pisco.

La bodega es colonial, sus orígenes se remontan a 1650. Está ubicada en el distrito de San Juan Bautista, en la hacienda Quilloay. Ahí vive y trabaja Rodolfo Mejía, el octogenario “Chaucato”.

Don Rodolfo es el arquetipo del pisquero. Produce un pisco excelente, voluptuoso, y suave a pesar de los cuarenta y ocho grados en que lo destila. Es un quebranta al estilo de los viejos piscos. Destilado en falca y con una contundencia irrefutable. Un pisco macho pero querendón.

Uno pasa a la “oficina” como llaman los veteranos productores al íntimo lugar donde se guardan los piscos, donde se hacen las transacciones y donde se atiende a los amigos.

En la oficina el Chaucato se mueve ágil entre botijas y botellones. Un cigarrillo se consume entre sus diestras manos de viejo destilador. Y mientras discierne con cuál de sus creaciones agasajar a las siempre bienvenidas visitas, va hablando, desentrañando los misterios del pisco, de Ica y su gente.

Finalmente con orgullo sirve uno de sus secretos. Uno de esos piscos definitivos que la gente viene a buscar desde lejos. Sabiduría pura. Entonces uno aspira profundamente y bebe. Es cuando vallejiano puede decir Oh, escándalo de miel de los crepúsculos. Oh estruendo mudo.

Afuera entre grandes rumas de leña de huarango, yace herido de muerte uno de los dos únicos hornos de botijas que quedan. Lo muestra con inmodestia. Ahí se fabricaban antiguamente las botijas. Él alcanzó a verlo funcionar. Hoy reposa heroico, convaleciente del terremoto que no respetó ni al mismísimo Señor de Luren.

Don Rodolfo enciende otro cigarrillo, se sienta a un lado de la prensa del lagar, acaricia tiernamente a su perro y entrecerrando los ojos, como si contará los años, las gentes, las mujeres, los piscos… suelta un tradicional brindis: ¡Adentro Guayamares… aunque no haya para pallares!

La tarde va cayendo, lejano llega el aroma de la leña, el ladrido de los perros vecinos es constante. Hay que continuar el viaje y el Chaucato presuroso nos obsequia con su líquida sapiencia.

Por la senda exterior pasa una mulata de sólidas piernas y asibles caderas, va cargando uvas. Se balancea al andar, sonríe sin ambages y saluda. Don Rodolfo también sonríe traviesamente. Y uno recuerda el bíblico pasaje:
 
No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró.
Me pusieron a guardar las viñas;
Y mi viña, que era mía, no guardé.

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