En la materia gastronómica, y en general cuando se trata de los productos nacionales con alguna relevancia, la declaración de un “Día” –o semana– especial ha tenido como propósito revalorarlos y promover su consumo. Herramientas de marketing que, sin embargo, difícilmente podrían demostrar su eficacia, principalmente porque suelen nacer de líricas declaraciones parlamentarias que no llegan de la mano con ningún estudio ni plan. Como si la sola declaración obrase mágicamente.

 


Solo en algunos casos se pueden constatar los beneficios, cuando menos iniciales, como en el caso del Día Nacional del Pisco Sour, que en su momento dio un gran empujón al consumo pisquero, aunque la revaloración de la verdadera estrella –el pisco– quedase nada más en la superficie, porque se ha sostenido en el mero y eventual entusiasmo.

Caso distinto ha sido el de la Semana del Chilcano, iniciativa privada cuyo éxito en términos cuantitativos y cualitativos se fundamenta en una estrategia muy bien diseñada, como se explica en el libro El Gran Chilcano.

Por eso, la discusión alrededor de la propuesta fujimorista de declarar un Día Nacional de la Aceituna no tendría que pasar por el color de la bancada que lo propone o consideraciones poco documentadas, sino por si en realidad este producto merece o no ser destacado y si la declaración de un día o una semana festiva conseguirá los objetivos que la medida refiere: “promover el consumo del fruto del olivo llamado aceituna y de celebrar el tiempo de cosecha; por ser un majestuoso producto apto para el consumo humano”.

PL 3067 que busca declarar Día Nacional de la aceituna presentada por congresista Guillermo Martorell (Imagen: Internet)

De que merece atención, hace buen rato que la aceituna peruana la merece. Porque igual que la vid, llegó muy temprano en la Colonia al suelo nacional y se aclimató de una manera muy especial, desarrollando en cada variedad características únicas.

Así lo han reconocido en los últimos años muchos especialistas mundiales que nos han visitado, entre ellos el español Santiago Botas, quien hace más de una década participó de las acciones de revaloración de la aceituna del sur peruano, que desembocaron en la declaración por parte de Indecopi de la novena denominación de origen peruana: la aceituna de Tacna.

En ese sentido, a despecho de las encendidas furias en las redes sociales y de las burlas que ha recibido el proyecto, si uno lo revisa detalladamente, el proyecto cuenta con una detallada sustentación, que incluye referencias históricas, contextualización en el ámbito latinoamericano, desarrollo de variedades, descripción de las zonas productoras de la denominación de origen Aceituna de Tacna y de otras como Ica, volúmenes de producción comparados, así como el marco jurídico correspondiente.

Congresista Martorell presentó PL para declarar el 20 de junio ‘Día Nacional de la Aceituna’ (Foto: Mary Sáenz – @MaryDCadenas / Aceituna de Tacna)

Bien visto, si fuese una cuestión únicamente de merecimientos, la aceituna nacional cuenta con más argumentos para reclamar una celebración que el pollo a la brasa o el chicharrón, y tanto como el ceviche o el pisco, cuatro de los treinta productos o temas favorecidos por el Congreso de la República con un día festivo desde 1994.

Pero, ¿qué ha ocurrido desde diciembre de 2014, cuando se declaró la denominación de origen Aceituna de Tacna? ¿De qué ha servido este reconocimiento a la principal zona productora de aceitunas del país, con el 74 por ciento de la producción? Pese a los esfuerzos desplegados por sus autoridades locales, los avances han sido muy pocos.

Y eso se refleja claramente en las reacciones públicas frente al proyecto: a la mayoría ha parecido un disparate ponerle atención a la aceituna nacional y se ignora por completo que, en el caso de la aceituna tacneña, se trata de una denominación de origen a la altura del pisco, el loche de Lambayeque, el maíz gigante del Cusco o la cerámica de Chulucanas.

Pues claro: en todos esos casos, la declaración de una denominación de origen –la máxima categoría de productos de calidad en el mundo–ha servido de nada o casi nada. Ni siquiera la más fuerte y antigua, el pisco, consigue superar los escollos legales e institucionales y la falta de voluntad política de Indecopi para frenar la escandalosa adulteración.

74 por ciento de la producción de aceituna es tacneña (Foto: Mary Sáenz -@MaryDCadenas /Vallesur, Tacna)

Por el contrario, en el caso específico del maíz gigante del Cusco, debido a esta ausencia de regulación del Estado, declarar la denominación de origen ha significado un serio perjuicio para los productores del Valle Sagrado, pues los vecinos de regiones como Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, producen y venden un seudo “maíz gigante” a la gran industria a precios mucho menores que el de los agricultores cusqueños, quienes para mantener la calidad de su producto no pueden realizar dos cosechas al año como sus competidores desleales, y ahora van a pérdida.

En otras palabras, la aceituna nacional merece atención, se la ha ganado por su magnífica calidad reconocida con una denominación de origen y por los expertos del mundo, pero una atención efectiva, con medidas concretas como la solución del problema del agua en la zona de La Yarada, entre otros. No con declaraciones líricas, días festivos que solo sirven para adornar el calendario nacional.

Manuel Cadenas Mujica/@ManuelCadenas