Escribe: Mary Sáenz – @MaryDCadenas

 

Que Karissa Silva sea una de las diez finalistas del Basque Culinary World Prize 2018 no sorprende.  Entre las razones de su nominación señalan los organizadores que obedece a su trabajo en torno a la educación sensorial a través de La Revolución, por llevar la educación alimentaria a colegios de escasos recursos. Pero lo cierto es que los argumentos que acompañan su trabajo y trayectoria son muchos más.


Es difícil escoger un único argumento para su nominación, de entre tantos que tengo en la memoria, porque a Karissa la encuentras en el biohuerto, entre las fresas de estación, entre aromas de cacao, cargándose al hombro la tarea de educar y reeducar el paladar al frente de La Revolución.

A Karissa bien la puedes encontrar entre las manos chocolatosas de los niños en una feria, dictando talleres de educación alimentaria, o bien entre las páginas de su libro Riqusisísimo y, por supuesto, retándote por pedir edulcorante para el café.

En La Revolución los niños aprenden a discriminar los sabores (Foto: Mary Sáenz)

Quizás lo más justo sería decir que Karissa no se quedó en la sola reflexión o en el discurso lírico, sino que poniendo manos en el arado emprendió la tarea de enseñar a comer, a “distinguir qué es bueno y qué es malo, qué es rico y qué es feo”.

Finalmente, a todo este trabajo de hormiga también hay que sumarle su capacidad de transmitir su pasión y de influir incluso en adultos con la “cultura del simulacro” bien instalados (y degustados) en sus hábitos.

PD. Karissa: ya no le pongo edulcorante a mi té ni a mi espresso.